Hay un momento en la vida de una mujer en el que entiende que también se necesita a sí misma

1/15

#yomisma #somosloquenospasa

Yo no me he ido cuatro días a convertirme en una mujer zen que abraza árboles y vive sin estrés. Ojalá.

He vuelto… y esta mañana había desayunos, prisas, móviles sonando, ropa sin recoger y esa sensación de que la vida va más rápido que una.

La realidad sigue siendo real.

Pero algo dentro de mí se recoloca cuando me doy espacios para cuidarme. Y creo que de eso hablamos poco.

Porque parece que solo existen dos opciones:
o vivir totalmente desconectadas de nosotras mismas,
o convertirte de repente en una especie de gurú espiritual anti medicina, anti ciencia y anti vida normal.

Y no.  Cultivarte por dentro no tiene nada que ver con rechazar lo médico, la terapia o lo que necesites cuando realmente lo necesitas.

Hay veces en las que hace falta ayuda profesional. Y bendita sea.

Pero otras veces… lo que necesitas es parar antes de romperte del todo. Escucharte. Respirar.

Entender por qué llevas meses sintiéndote rara. Por qué tienes una vida “buena” y aun así sientes cansancio por dentro. Por qué te notas lejos de ti.

Yo me cuido mucho más ahora que hace años. Y no porque tenga más tiempo. Me río yo del tiempo.

Me cuido porque entendí que abandonarme me estaba saliendo demasiado caro. Y cuidarme no significa desaparecer una semana a Bali.

A veces significa algo tan simple como:
mover mi cuerpo,
comer un poco mejor,
tomarme mis suplementos,
ponerme crema sin hacerlo corriendo,
dar un paseo,
sentarme con mujeres con las que puedo hablar sin sentirme juzgada,
o simplemente tener una conversación donde nadie intenta darte lecciones.

Solo escucharte.

Porque hay algo muy poderoso en descubrir que no eres la única. Que a todas nos pasan cosas. Que muchas veces no estamos locas, ni desagradecidas, ni rotas.

Estamos cansadas. Muy exigidas. Muy desconectadas de nosotras mismas. Y ahí entra la energía. No como algo místico raro. Sino como algo muy real.

Hay personas y lugares que te drenan. Y otros que te devuelven aire.

Hay conversaciones que te dejan agotada. Y otras donde el cuerpo descansa aunque hayas hablado tres horas.

He pasado unos días así.

Rodeada de mujeres imperfectas, inteligentes, fuertes, sensibles, perdidas a veces… pero honestas.

Mujeres intentando encontrarse otra vez después de años siendo todo para todos.

Y entendí que a veces sanar no empieza en una gran decisión.

Empieza en un círculo correcto.

En sentirte segura. En verbalizar sin miedo. En dejar de sentir culpa por necesitar tiempo para ti.

Porque esa culpa… qué peligrosa es. Nos hace creer que dedicarnos tiempo es egoísmo. Que parar es fracasar. Que si nos ocupamos de nosotras estamos dejando de ocuparnos de los demás.

Y al final vamos tirando. Funcionando. Cumpliendo. Pero alejándonos de nuestra propia vida.

Hasta que un día notas que ya no puedes más. Y no porque seas débil.

Sino porque nadie puede sostener eternamente una vida donde siempre se deja para después.

Yo ya no quiero eso.

No quiero vivir esperando vacaciones para sentirme bien.

No quiero normalizar estar agotada todo el tiempo.

No quiero seguir peleando por cosas que, en el fondo, ya sé que no quiero en mi vida.

Y creo que cumplir años también te regala eso: claridad.

Entender que no todo vale.

Que puedes cambiar de opinión.

Que puedes soltar incluso cosas por las que luchaste muchísimo.

Y que nunca es tarde para recolocarte. Nunca.

Porque la vida son dos días… y uno ya ha pasado.

A mí me ayuda encontrar mis pequeños retiros.

A veces son viajes.
A veces un café sola.
A veces entrenar.
A veces hablar con mujeres que están en el mismo punto vital que yo.

Mujeres que no quieren ser perfectas. Solo volver un poco a sí mismas. Y quizá ahí está la clave. No en convertirte en otra persona. Sino en dejar de abandonarte.

Porque el caos seguirá existiendo mañana. Pero una aprende a volver a su centro antes del siguiente asalto.

Y eso… cambia mucho más de lo que parece.

Compartir: