#yomisma #somosloquenospasa
Hay un momento en la vida de muchas mujeres en el que algo dentro hace “clic”.
No suele ser un gran drama de película.
No hace falta tocar fondo.
A veces simplemente estás haciendo una cena mientras respondes un WhatsApp del colegio, piensas en el trabajo de mañana, recoges una mochila del suelo y alguien te pregunta dónde están sus calcetines… y notas que no puedes más.
Y lo peor es que nadie lo nota.
Porque sigues funcionando.
Y claro que puedo.
Muchas podemos.
Nos han enseñado precisamente a eso.
A sostener.
A resolver.
A anticiparnos.
A cuidar.
A llegar a todo incluso cuando estamos rotas.
Pero llega un día en el que entiendes algo muy importante:
poder no significa estar bien.
Y ahí nace Nunca Tan Yo.
No nace desde una vida perfecta.
Ni desde una mujer zen que medita dos horas al amanecer y tiene la casa oliendo a vela de vainilla.
Ojalá.
Nace desde una mujer de más de 40 años que se ha perdido mil veces y ha tenido que volver a encontrarse otras mil.
Una mujer que ha pasado batallas familiares, emocionales, laborales y personales.
Que ha sentido culpa.
Muchísima culpa.
Por agotarse.
Por querer silencio.
Por necesitar espacio.
Por querer desaparecer un rato aun queriendo profundamente a su familia.
Porque sí.
Se puede amar muchísimo a tus hijos… y aun así tener ganas de salir corriendo a veces.
Y no pasa nada por decirlo.
De hecho, quizá lo peligroso es seguir fingiendo que no pasa.
Durante años nos vendieron maternidades perfectas.
Mujeres perfectas.
Familias perfectas.
Y mientras tanto muchas vivíamos pensando que éramos las únicas que acabábamos llorando en el baño o sintiéndonos malas personas por necesitar diez minutos solas.
Nunca Tan Yo nace para romper un poco con eso.
Para hablar de la vida real.
De mujeres que quieren a su familia pero también quieren volver a sentirse ellas mismas.
De mujeres agotadas de sostenerlo todo.
De mujeres que han entendido que cuidarse no es egoísmo.
Es supervivencia emocional.
Porque hubo un momento en el que me di cuenta de algo importante:
si yo no me cuidaba, nadie iba a venir mágicamente a reconstruirme.
Y empecé a volver a mí.
No de forma perfecta.
No radical.
No convirtiéndome en otra persona.
Simplemente empecé a dedicarme tiempo.
El que podía.
A veces es gimnasio.
Otras veces terapia.
O una conversación con amigas que te salva más que cualquier libro de autoayuda.
A veces es comer mejor.
Moverme.
Dormir más.
Poner límites.
Decir “hoy no puedo”.
O comprarme una crema sin sentir que debería gastarme ese dinero en otra cosa.
Y otras veces es simplemente cerrar la puerta del baño cinco minutos y respirar.
A mí me ayudó entender que el autocuidado no es solo estética ni postureo.
Es salud mental.
Es energía.
Es volver al cuerpo.
Es recordar que tú también existes dentro de tu propia vida.
Porque muchas veces nos convertimos en la chófer, la organizadora, la que resuelve, la que calma, la que recuerda cumpleaños, la que lleva todo en la cabeza… y dejamos de mirarnos.
Hasta que un día no te reconoces.
Y ahí entendí que ya no quería seguir perdiéndome.
Que quería gustarme.
Reconocerme.
Sentirme viva otra vez.
Y también entendí algo muy importante:
cuidarme no me hace peor madre.
Ni peor pareja.
Ni peor persona.
Me hace una mujer que intenta no romperse mientras sostiene su vida.
Por eso seguiré diciendo que soy imperfecta.
Que tengo caos.
Que grito a veces.
Que me equivoco.
Que hay días en los que medito… y otros en los que me escondo a comer chocolate para que nadie me pida nada durante tres minutos.
La vida real es eso.
Y Nunca Tan Yo quiere ser precisamente ese espacio.
Un lugar donde dejemos de sentirnos raras por estar cansadas.
Donde podamos hablar sin miedo.
Sin postureo.
Sin tener que fingir que todo nos encanta todo el tiempo.
Una tribu de mujeres reales.
De mujeres que se pierden… pero aprenden a volver a sí mismas.
Y quizá eso sea lo más importante de todo.
No hacerlo perfecto.
Sino no dejarte otra vez para el final.